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O cravo

Dos meus días en Galicia. Nada mellor que a lingua galega para expresar a tristeza:

“Unha vez tiven un cravo
cravado no corazón,
i eu non me acordo xa se era aquel cravo
de ouro, de ferro ou de amor.
Soio sei que me fixo un mal tan fondo,
que tanto me atormentóu,
que eu día e noite sin cesar choraba
cal choróu Madalena na Pasión.
“Señor, que todo o podedes
-pedínlle unha vez a Dios-,
dáime valor para arrincar dun golpe
cravo de tal condición”.
E doumo Dios, arrinquéino.
Mais…¿quén pensara…? Despois
xa non sentín máis tormentos
nin soupen qué era delor;
soupen só que non sei qué me faltaba
en donde o cravo faltóu,
e seica…, seica tiven soidades
daquela pena…¡Bon Dios!
Este barro mortal que envolve o esprito
¡quén o entenderá, Señor!…”

Rosalía de Castro

Si estáis aburridos en casa un fin de semana o una calurosa y larga tarde de verano, os recomiendo que compréis unas estradas y vayáis a ver alguna de las obras del grupo teatral Yllana. Son increíblemente buenos. Antes de verlos la primera vez, no estaba muy segura de que fueran a gustarme, ya que sus representaciones consisten en teatro sin diálogos. Su forma de expresarse se basa exclusivamente en la mímica, en la música y efectos de sonido que reproduce el técnico, y en la cantidad de ruidos y onomatopeyas que los propios actores generan con sus gargantas. Creo que hay que ser un gran actor para saber divertir a la gente de esta manera y, sobre todo, un gran director y creador de espectáculos, con una imaginación y creatividad desbordantes.

El año pasado fui a ver 666, mi primera obra de Yllana. Creo que nunca me he reído tanto en un teatro. Es una obra llena de humor negro salvaje, donde los personajes son cuatro presidiarios que esperan su ejecución en el corredor de la muerte. Lo que podría ser el argumento de un drama, aquí se convierte en comedia y parodia. Y bajo las risas y las alusiones satíricas a la muerte, la violencia y el sexo, se puede encontrar también una mirada crítica obvia (fundamentalmente contra la violencia y la pena de muerte). Una muestra de esta genialidad que he encontrado en YouTube:

El pasado fin de semana fui a ver Zoo, tan divertida como 666, pero mucho menos fuerte, ya que se trata de una obra para todos los públicos, en principio dirigida a los niños. El argumento se basa en la visita de cuatro exploradores a una isla virgen donde se encuentran todo tipo de animales exóticos y peligrosos. Los mismos cuatro actores representan el papel de los exploradores y también el de los animales (gorilas, leones, pájaros…). El sketch de los pájaros es de lo mejor que he visto. Buenísimo.

Los actores de Yllana se mezclan a menudo con el público, y para la representación, no sólo utilizan el escenario, sino también la zona de butacas. Junto con su guión preestablecido, utilizan mucho su propia imaginación y capacidad de improvisación para interactuar en determinados momentos con el público (cuando los ves pasearse por las butacas, los espectadores menos atrevidos nos encogemos un poquito en nuestros sitios, intentando pasar desapercibidos…). 

En fin… muy recomendable. Además, el precio de las entradas es muy asequible y el teatro, el Alfil, es pequeñito y muy acogedor.

Dejo también el vídeo promocional de Zoo, para poneros la miel en los labios:

La ciudad sobre el agua

La memoria es un músculo frágil que, aunque ejercitemos, a veces nos decepciona con el olvido de objetos, nombres y lugares que no habríamos deseado olvidar. Afortunadamente, para contrarrestar los defectos de la memoria, tenemos la fotografía y la posibilidad de dejar escritas nuestras impresiones. Ésta es una de las funciones de los blogs personales que más me gusta. Ahora que ya llevo más de dos años con el blog, me resulta muy agradable pinchar en posts antiguos para recordar mis comentarios sobre otros viajes o experiencias pasadas.

Para no perder las “buenas costumbres”, dejaré aquí escritas para la posteridad mis humildes impresiones sobre un lugar maravilloso llamado Venecia. Este verano he sustituido la playa por la visita a varios lugares de Europa y, aunque la echo un poco de menos, no me arrepiento del cambio.

A Venecia llegamos en un barco que cogimos en el aeropuerto, así que, lo primero que vimos nada más llegar, fue la plaza de San Marco desde el Gran Canal:

Una entrada triunfal, sin duda, aunque lo malo es que, como en Venecia no circulan coches, tuvimos que reponernos enseguida de la emoción del momento porque teníamos que ir hasta el hotel andando y arrastrando las maletas por un sinfín de callejuelas, subiendo y bajando los puentes que cruzan los canales (en los que, obviamente, no hay escaleras mecánicas…).  Afortunadamente, el hotel no estaba lejos y no nos perdimos gracias al increíble sentido de la orientación de M. Si de mí hubiera dependido, aún estaríamos dando vueltas por Venecia…

Venecia es una ciudad construida prácticamente sobre el agua, ya que la componen unas 120 islas unidas por unos 400 puentes. Esto la hace única en el mundo y la envuelve de un encanto especial que ha atraído a viajeros, curiosos y artistas de todos los tiempos. Durante mucho tiempo, Venecia fue una ciudad-estado autogobernada por medio de una serie de organismos e instrumentos de gobierno en cuya cúspide estaba el dux o dogo. El dux vivía en el precioso Palazzo Ducale, situado en la plaza de San Marco junto a la Basílica:

El Palazzo Ducale también era la sede del Gobierno y la prisión de Venecia. En sus mazmorras estuvo encerrado Casanova. En palabras del gondolero que nos llevó a M. y a mí, Casanova estuvo en la cárcel porque “todos lo hombres de Venecia tenían cuernos por su culpa, y eso no gustaba nada”.

El paseíto en góndola merece la pena a pesar del riñón que tienes que sacarte para poder pagarlo. Por los pequeños canales sólo pueden pasar las góndolas y pequeñas lanchas particulares. El vaporetto sólo atraviesa el Gran Canal. Por este motivo, sólo si viajas en góndola puedes ver las fachadas de los edificios que dan a los canales, una perspectiva muy diferente a la que se ve cuando vas caminando. Asombrosamente, el trabajo de gondolero es todavía un gremio cerrado, un trabajo heredado de padres a hijos. Son todos venecianos y no puede haber más de 400 góndolas, aproximadamente el mismo número que puentes tiene la ciudad:

Otra de las cosas que más impresiona de Venecia es la cantidad de obras de arte por metro cuadrado que pueden encontrarse. Incluso en las iglesias más apartadas y menos conocidas, es fácil encontrar pinturas de Tiziano, Tintoretto o Bellini. La Gallerie dell’Accademia conserva una de las colecciones más ricas de arte italiano, pero me sorprendió la inadecuada infraestructura del museo de cara a la conservación de los cuadros. En Venecia hace un calor insoportable en verano. Esto fue lo peor del viaje, sin duda. La humedad es altísima, y esto hace que no puedas parar de sudar. Curiosamente, tanto en la Gallerie como en el Palazzo Ducale y otros lugares que visitamos, no tienen una instalación de aire acondicionado adecuada. Simplemente colocan algunos aparatos de refrigeración portátiles y deshumidificadores que, sin duda, no creo que sean suficientes. Para que luego digan que en España somos los más cutres de Europa…

La Gallerie dell’Accademia se encuentra frente al Ponte dell’Accademia, que es uno de los tres únicos puentes que atraviesan el Gran Canal. El más bonito es el Ponte de Rialto, desde el que pueden observarse unas vistas preciosas de los palacios construidos a lo largo del Gran Canal:

Se puede intuir que en los grandes tiempos de Venecia, hubo en esta ciudad una aristocracia que vivió con gran lujo, que residió en los bellos palacios del Gran Canal, y que gustaba de asistir a actos sociales y culturales, como la representación de óperas. De ahí que Venecia cuente con uno de los teatros de ópera más famosos del mundo, el legendario La Fenice. Su nombre es como una fatídica profecía, ya que La Fenice significa “Ave Fénix”, y como el mitológico pájaro, este teatro ya ha sufrido dos incendios (el segundo de ellos provocado) y ha resucitado las dos veces de sus propias cenizas. M. y yo queríamos ir a la ópera, ya que durante nuestra estancia en Venecia representaban La Traviata. Lamentablemente, no teníamos “ropa adecuada” para asistir y la entrada era bastante cara, así que nos conformamos con una cervecita en una de las terrazas de San Marco (la cerveza más cara que he pagado en mi vida), escuchando a los músicos de los míticos cafés de la plaza, como el café Florián o el Lavena:

Casualmente, mientras estábamos en Venecia, tuvo lugar una fiesta conocida como “Il Redentore”. Esta fiesta se remonta al año 1577, año en que terminó una terrible epidemia de peste que había diezmado la población. La fiesta tradicional consistía en acudir en peregrinación a la iglesia de Il Santissimo Redentore, en la isla de Giudecca, en agradecimiento al Cristo Redentor por haber terminado con la epidemia. Hoy en día, digamos que la fiesta “se ha adaptado a los nuevos tiempos”, y junto a la peregrinación, por la noche se realiza un macrobotellón en el Gran Canal, donde los venecianos llevan sus barcos y se pasan toda la noche bailando y bebiendo. Los pobres turistas no hacíamos más que mirar con ojos de envidia sana a los cientos de barcos que flotaban sobre el Gran Canal, frente a la plaza de San Marco. Nunca habíamos visto un botellón de esas dimensiones sobre el agua:

Quizás algún día pueda volver a Venecia. Si lo hago, me encantaría asistir al Carnaval. Tiene que ser de una belleza terrorífica. La ciudad está plagada de puestecillos y tiendas donde el souvenir estrella son las típicas máscaras venecianas:

Ya no soy un niño

Un niño que se ha hecho mayor y ya no necesita sus juguetes. Un grupo de juguetes viejos que buscan su sitio en el mundo. Éste es el argumento de la tercera parte de Toy Story, una película que recomiendo ver tanto a niños como a adultos (sobre todo a adultos).

Técnicamente perfecta, con un diseño gráfico impresionante, un argumento muy bueno y divertido, unos personajes muy bien caracterizados en su personalidad de juguetes… Y sobre todo, una historia que nos hace recordar el final de nuestra infancia y, especialmente, ese momento en el que dejas los juguetes por otro tipo de entretenimientos. ¿Cuándo fue la última vez que jugué con mis muñecas? ¿Cómo se produce ese momento en el que llegas a casa después del colegio, y ya no te apetece desplegar todos tus juguetes por el suelo, como solías hacer? ¿Por qué debe llegar ese fatídico momento, en el que ya no quieres imaginar historias imposibles, en las que tus muñecos hablan y viven en mundos locos y maravillosos? ¿Qué triste fenómeno se produce en nuestro cerebro para que ya no queramos jugar?

Hace unos días cumplí 31 años. ¡31 años! ¿Cómo ha podido llegar este momento? Muchas veces aún me siento como una niña, como alguien mucho más joven de lo que soy. No sé si esto es bueno o es malo. Sólo sé que, la mayoría de las veces, es incompatible con la vida real adulta. En cualquier caso, ahí va una frase de una canción de A. Calamaro:

“Vivir así no es vivir,

esperando y esperando,

porque vivir es jugar

y yo quiero seguir jugando”

Desde que al señor presidente se le ocurrió la bonita idea de rebajarle el sueldo a los funcionarios, me siento como el enemigo público nº 1. Primero fue un compañero de clase de inglés con el que me llevo bastante bien y con el que suelo volver a casa porque cogemos el mismo metro. No sé muy bien cómo, acabamos hablando de la huelga de funcionarios. La cosa se calentó y al final me acabó diciendo que se alegraba de que nos bajaran el sueldo, que su empresa había trabajado para el sector público y que se había topado con muchos funcionarios que no daban palo al agua. Por mucho que yo le dijera que no todos los funcionarios somos así, le dio absolutamente igual. Creo que al final llegó un momento en el que todo el vagón del metro nos miraba.

Ayer me pasó lo mismo con la peluquera. Me dieron ganas de levantarme con el pelo lleno de champú y largarme de allí… Recurrió a argumentos tan absurdos como: “A mí no me importaría que me bajaran el sueldo si tuviera los privilegios que tenéis vosotros…”. Pero señora, ¿qué me está contando? Primero, no tenemos tantísimos privilegios como la gente cree. Segundo, para conseguir esos “privilegios” me tiré un año y medio encerrada en mi casa estudiando. Pero eso a la gente le da lo mismo. La gente no valora el esfuerzo que has tenido que hacer para llegar ahí, sólo ven que tienes moscosos y un puesto fijo.

¿Acaso tengo que pedirle perdón al mundo por haber aprobado una oposición? ¿Tengo que flagelarme todas las noches por tener un puesto fijo?

Egypt obsession

Ayer estuve viendo “Muerte en el Nilo”, una película basada en la célebre novela de Agatha Christie con un fantástico elenco de actores: Peter Ustinov, Bette Davis, David Niven, Maggie Smith, Mia Farrow y Angela Lansbury entre otros. También merece la pena señalar que el compositor de la banda sonora es el italiano Nino Rota (el mismo que creó la música de “El Padrino” y otras grandes composiciones para el cine). Un grupo de turistas de la alta burguesía europea de principios del siglo XX, viaja a bordo de un crucero por el Nilo. La trama gira en torno a Linnet, una rica heredera que se encuentra de luna de miel tras haberse casado recientemente con el que había sido novio de su mejor amiga. Ésta última aparece en el crucero para enfado de los recién casados, a los que no deja de molestar en todo el viaje. Como en todas las novelas de Agatha Christie, se produce un asesinato, y Hercules Poirot, el famoso detective belga que, casualmente, se encuentra también en el crucero, debe resolver el crimen.

Tras haber estado recientemente en Egipto, me ha resultado divertido ver esta película, ya que, casi un siglo después, no me ha parecido que los cruceros por el Nilo hayan cambiado demasiado. El barco que aparece en la película es muy parecido a aquel en el que yo viajé (salvo por la decoración interior), y se visitan prácticamente los mismos lugares. Respecto a esto último, creo que en la película se produce un claro error que me ha sorprendido muchísimo. El crucero comienza en Assuán. Se supone que va recorriendo el Nilo hacia el norte (hacia el Bajo Egipto) ya que el siguiente lugar que visitan es el templo de Kom Ombo y el siguiente el templo de Karnak en Luxor. Estando en Karnak, una de las protagonistas dice que esa tarde van a visitar el templo de Abu Simbel, que está mucho más al sur que Assuán, y a donde es físicamente imposible llegar en barco en tan poco tiempo (tal vez sí en avión, pero en la película te dan a entender que Abu Simbel es una parada más del crucero). Es un error espacial clarísimo que no comprendo cómo los productores de la película cometieron. No sé si en el libro sucede igual, porque no lo he leído.

Voy a colgar algunas fotos más de mi viaje aprovechando el argumento de esta película. En el mencionado templo de Karnak, tiene lugar una escena de la que nuestro guía nos habló. Subido a una de las enormes columnas de la Sala Hipóstila del templo, alguien empuja un gran bloque de piedra, con la intención de asesinar a otro peronaje de la historia que estaba justo abajo. Ésta es la gran Sala Hispóstila. Los egipcios no hacían nada al azar, todas sus construcciones estaban impregnadas de simbología. Por eso las columnas de los templos, como lo es en este caso, imitan la forma de la planta del papiro:

También aparece en la película la famosa Avenida de los Carneros de este mismo templo.

En un momento de la película, se ve el detective Poirot (Peter Ustinov) junto a la gran esfinge de Gizeh. El cuerpo de león representaba la fuerza del faraón, y la cabeza de hombre, su inteligencia:

Cuelgo una foto nocturna del templo de Ramsés II en Abu Simbel. ¡Vaya lujo poder rodar una película en semejante escenario!:

Viaje en el tiempo

El 4 de noviembre de 1922, después de muchos años de búsqueda, el arqueólogo inglés Howard Carter encontró la tumba de Tutankamon. Este acontecimiento constituyó uno de los grandes hitos de la egiptología, ya que ha sido la única tumba de un faraón egipcio que ha llegado casi intacta hasta nuestros días. Imaginar el momento en el que vieron por primera vez la cámara funeraria, me produce un escalofrío de emoción. El propio Carter describió ese momento como “el más maravilloso que me ha tocado vivir y ciertamente como no puedo esperar vivir otro”. Tal como relata en su libro “La tumba de Tutankhamón”, Carter fue el primero en asomar la vista a la cámara a través de un pequeño agujero. Detrás de él estaba su mecenas, Lord Carnavon. En un momento dado, sin poder soportar la incertidumbre por más tiempo, lord Carnavon le pregunta a Carter:

- ¿Puede ver algo?

Y Carter le responde:

- Sí, cosas maravillosas

Me apetecía empezar este post sobre mi viaje a Egipto con esta historia porque me encanta y porque creo que las palabras de Carter no pueden describir mejor lo que los visitantes podemos ver en este increíble país.

Para mí era un viaje doblemente deseado: por un lado, porque se trataba de mi aplazada luna de miel, y por otro, porque el destino elegido era Egipto.

Siento una atracción incontrolable hacia lo antiguo. Me fascina ver las cosas que hicieron los hombres que poblaron la tierra hace cientos de años, o milenios en el caso de los egipcios.  Qué sentían esos hombres y mujeres, cómo vivían, cómo se relacionaban, cómo lograron construir esas maravillas, y cómo consiguieron burlar al paso del tiempo para que tanto ellos (o más bien sus momias) como sus construcciones hayan perdurado durante tantísimo tiempo. Su civilización fue realmente precoz en muchos sentidos, ya no sólo por su arte o su capacidad para inventar uno de los primeros sistemas de escritura de la historia. También por su forma de vida. En una época en la que los demás seres humanos que poblaban el mundo (exceptuando quizás a los pueblos mesopotámicos) vivían como hombres prehistóricos y primitivos, ellos ya tenían un comportamiento increíblemente refinado: tocaban y escuchaban música, vestían ropas delicadas y elegantes, se perfumaban el cuerpo con esencias…  Los relieves de los templos y tumbas muestran a unos hombres y mujeres bellos y refinados, aunque no hay que olvidar que los artistas representaron a sus dioses y faraones idealizando su aspecto para recalcar su estatus de seres divinos.

Me resulta complicado elegir unas pocas fotos para colgar aquí, porque hicimos muchísimas, y todos y cada uno de los rincones que visité me fascinaron por igual. Voy a intentar escoger algunas de las menos típicas:

La pirámide escalonada de Sakkara. La más antigua de todas las pirámides que se hicieron en el Antiguo Egipto. Tiene más de 4.500 años de antigüedad. No es tan grande ni tan perfecta como las de Gizah, pero es muy interesante de visitar porque constituye el primer estadio en la técnica de construcción de pirámides y porque forma parte de un conjunto funerario mucho mayor del que todavía se conservan abundantes restos:

Templo de Kom Ombo. Es un templo construido en época ptolemaica. Está dedicado a dos dioses, Horus y Sobek, el dios cocodrilo. Al parecer, decidieron construir un templo al dios Sobek porque en esa zona abundaban los cocodrilos y para ellos era una manera de obtener protección contra este feroz animal. Se han encontrado muchas momias de cocodrilos en los alrededores, aunque nosotros no las vimos (es una pena, habría sido curioso). En el relieve se puede apreciar al dios cocodrilo:

Templo de Philae. Es uno de los templos que fueron cambiados de ubicación tras la construcción de la gran presa de Assuán. La isla originaria en donde se encontraba quedó sumergida. Fue construido durante las épocas ptolemaica y romana. Curiosamente, no es uno de los templos más visitados por los turistas, así que fue muy agradable recorrerlo con tan poca gente. Además, al estar en una isla en medio del Nilo, hace mucho menos calor que en otros templos (Karnak o Luxor, por ejemplo), donde el sol del desierto te abrasa de la cabeza a los pies:

Atardecer en el Nilo. Tumbarse en la cubierta del crucero a observar el atardecer fue uno de los mayores placeres del viaje. Una cervecita, una cómoda tumbona, y un espectáculo inigualable:

Camellos. Os parecerá una tontería, pero montar en camello me hacía muchísima ilusión, y más por ese paisaje tan exótico, con esas dunas doradas a un lado y el Nilo al otro. Por primera vez voy a colgar una foto en la que aparezco yo. Eso sí, ni yo misma soy capaz de reconocerme. ¿A que no averiguáis en camello iba montada? M. no montó en camello, y gracias a eso tengo esta magnífica foto que me hizo mientras iba en la lancha:

Templo de Ramsés II en Abu Simbel. Para finalizar, el templo más impresionante de todos. No puedes comprender cómo lograron esculpir esas figuras tan perfectas directamente sobre la roca. Tampoco terminas de creerte que ese templo fuera rescatado para evitar su hundimiento. Para ello, tuvieron que cortar la montaña y trasladarla a trozos… Increíble. Puedes quedarte horas contemplando este templo. Te sientes diminuta y piensas que, después de todo, no es en absoluto extraño que los egipcios creyeran que su faraón era un auténtico dios:

¿El principio del fin?

Hasta ahora, afortunadamente, la crisis no me había afectado demasiado. Un poco sí, pero de forma sutil y colateral. Sin embargo, la noticia de la supresión de la dirección general en la que trabajo, me ha llevado a plantearme hasta qué punto la problemática económica de nuestro país puede llegar a convertirse en un verdadero problema para mí y para el resto de funcionarios. ¿Acaso la supresión de esas 32 direcciones generales es sólo la punta de un gigantesco iceberg? ¿Qué será lo siguiente? ¿Nos veremos afectados próximamente los funcionarios que no ocupamos altos cargos? ¿Somos los funcionarios el chivo expiatorio que debe pagar por la mala gestión del gobierno?

Mi temor se refuerza cuando leo en la prensa noticias como la siguiente:

http://www.elpais.com/articulo/economia/prensa/internacional/advierte/Espana/puede/caer/misma/trampa/Grecia/elpepueco/20100504elpepueco_4/Tes

Y sin embargo, pese a los avisos de quienes probablemente entienden bastante del tema, nuestros políticos se dedican a rascar unos pocos euros eliminando unas cuantas direcciones generales, en lugar de buscar soluciones que verdaderamente nos saquen del atolladero. Ya puestos a eliminar altos cargos, ¿por qué no hacen una verdadera criba suprimiendo, entre otras cosas, los inútiles ministerios de Vivienda e Igualdad, que tan absurdos nos resultan a todos los españoles? Y lo peor es que, después del follón organizativo que van a originar en las instituciones afectadas por esta decisión, va Elena Salgado y dice que “admite que la poda de cargos es más simbólica que económica”:

http://www.elpais.com/articulo/espana/Salgado/admite/poda/cargos/simbolica/economica/elpepuesp/20100430elpepunac_9/Tes#

O sea, ¿qué encima no va a servir de nada? ¿Me estás diciendo que montas todo este despiporre en la administración porque es simbólico? ¿Qué clase de tomadura de pelo es ésta? ¿Por qué no ejecuta esa simbología con una reducción de su propio sueldo?

En fin, esperemos que el título de mi post se quede sólo en una interrogación y no se convierta en una realidad.

Clásicos de la literatura

El verano pasado compré un ejemplar de El Principito, de Antoine de Saint-Exupéry. Lo compré en un mercadillo junto al mar, en un pueblecito de la costa de Almería, en un día soleado y caluroso, así que el solo recuerdo de aquel día, por simple que me resultara en aquel momento, me resulta muy agradable. El caso es que guardé el pequeño libro en una estantería y no volví a reparar en él hasta hace unos días. En la academia de inglés a la que voy, tuve que preparar un tema y exponerlo en clase, y, no sé muy bien por qué, escogí como tema la literatura infantil. Fue entonces cuando me acordé de El Principito.

Por increíble que parezca, yo nunca había leído este libro, ni de pequeña ni de mayor. En realidad hay muchos clásicos de la literatura que tengo ganas de leer desde siempre, pero voy aplazando su lectura porque es más habitual que caigan en mis manos libros más modernos. La impresión que me he llevado al leer esta pequeña historia ha sido muy buena. Es un libro precioso, simple y a la vez complejo, fácil de leer pero no de comprender del todo, pese a que parece un libro para niños.

Yo creo que Saint-Exupéry no pudo escribir este libro para los niños. Es imposible que un niño pueda entender la cantidad de símbolos y metáforas que encierra esta historia. Un niño aún no ha experimentado la sensación de estar enamorado, así que nunca podrá entender verdaderamente la relación del principito con su rosa. Ésta es la parte de la historia que más me gusta, cuando el principito descubre muchas más rosas aparentemente iguales a la suya:

“Sois bellas, pero estáis vacías -les dijo todavía-. No se puede morir por vosotras. Sin duda que un transeúnte común creerá que mi rosa se os parece. Pero ella sola es más importante que todas vosotras, puesto que es ella la rosa a quien he regado. Puesto que es ella la rosa a quien puse bajo un globo. Puesto que es ella la rosa a quien abrigué con el biombo. Puesto que es ella la rosa cuyas orugas maté (salvo las dos o tres que se hicieron mariposas). Puesto que es ella la rosa a quien escuché quejarse, o alabarse, o aun, algunas veces, callarse. Puesto que ella es mi rosa”

¿Qué es el amor, si no?

Emerita Augusta

El fin de semana pasado estuve en Mérida. Hacía tiempo que quería visitar esta ciudad, principalmente para poder ver las ruinas arqueológicas de la época romana. Obviamente, no es comparable con la cantidad y grandiosidad de los restos arqueológicos que se pueden contemplar en Roma. Por ejemplo, si has visto el Coliseo, los restos del anfiteatro de Mérida no impresionan tanto. Sin embargo, hay un edificio en Mérida que deslumbra por sí solo y que no tiene nada que envidiar a los que se pueden hallar en la propia Roma: el Teatro romano. Es increíble lo bien que se conserva. Cuando estás sentada en las gradas y contemplas lo que se conoce como el “frente de la escena”, puedes hacerte una idea de lo espectaculares que debieron de ser los edificios de la época romana. Cuando visito este tipo de lugares, me encantaría poder transportarme al pasado mediante una máquina del tiempo. De repente, sería una mujer del siglo I vestida con túnica asistiendo a la representación de alguna de las tragedias de Séneca. Quizás fuera miembro de la élite romana, una mujer patricia, la esposa de un senador o un general. O tal vez fuese una plebeya, la mujer de un artesano que quizás fuese el autor de alguna de las bellísimas esculturas que adornan el teatro. Con muy mala suerte, podría ser también una esclava que hubiese tenido la desgracia de ser entregada como recompensa de guerra o comprada a un mercader, en cuyo caso ni siquiera podría asisitir a las obras de teatro. Bueno, esta tercera opción es mejor no barajarla…

Incluyo unas fotos del teatro: una vista general del frente escénico, un lateral del mismo, y la figura de Ceres, que preside desde el centro el conjunto arquitectónico (aunque la escultura original se encuentra en el Museo de Arte Romano).

El Museo de Arte Romano también merece la pena verlo, ya que todas las piezas sueltas que se van encontrando las van exponiendo allí. Ninguna de las esculturas que se encuentran actualmente en el teatro y en el pórtico del foro son auténticas. Las de verdad están todas en el Museo, junto con toda una gran variedad de restos arqueológicos: mosaicos, columnas, piezas de bronce, de cristalería, joyas, monedas, etc.

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