A pesar de mis 28 (casi 29) años de edad, me resulta muy vergonzoso comprobar que todavía conservo algunos miedos absurdos típicos de niñas de 6 años. Por mucho que intente superarlos, me es imposible, y creo que, a estas alturas, nunca conseguiré librarme de ellos.
Una de estas fobias infantiles es la de dormir sola en casa. Odio dormir sola. Afortunadamente, esta circunstancia no suele darse muy a menudo, pero cuando pasa, tardo horas en quedarme dormida. En cuanto me meto en la cama y apago la luz, empiezo a acordarme de todas las películas de miedo que he visto y a escuchar ruidos extraños. Para intentar evitar todo esto, lo que hago normalmente es tomarme un par de cervezas (con la idea del alcohol como inductor del sueño) mientras veo algo en la televisión que se parezca lo menos posible a una película de miedo. Pero vamos, esta estrategia ya la he probado varias veces y no funciona.
La otra gran fobia y, además, la causante de que esté ahora mismo escribiendo este post, es el miedo a los “bichos”, entendiendo por “bicho” cualquier invertebrado. No me importa verlos en el campo o en la calle, pero en mi casa… eso ya es otra cosa.
El caso es que el otro día, una amiga mía y yo estábamos hablando tranquilamente en el sofá de mi casa cuando me fijé en algo negro que escalaba por la pared de mi salón. Una cucaracha. Una asquerosa cucaracha. No pude gritar porque mi pareja dormía, pero me quedé tan bloqueada por el pánico y la repulsión que fue mi amiga la que tuvo que matarla mientras yo esperaba en la cocina a que se produjera el ajusticiamiento.
Lo gracioso es que tanto mi amiga como yo tuvimos un divertido “déjà vu”. Hace años, cuando vivíamos en una residencia de estudiantes, estábamos un día en su habitación “estudiando” para los exámenes de la universidad. A veces hacíamos intercambio de conocimientos, de forma que yo le hablaba a ella de bibliotecas y ella a mí de ciencias ambientales. Ese día, precisamente, me estaba adoctrinando acerca de la importancia de los insectos y el papel fundamental que desempeñan en el planeta. Estaba ya casi convencida de ello cuando vi que, por la puerta abierta de la terraza estaba entrando un enorme y asqueroso insecto volador. Mi amiga se levantó rápidamente y se dirigió hacia la terraza para espantarle y evitar que entrara. Mi pánico hizo que yo me acercara y encerrara a mi amiga en la terraza con el repulsivo insecto revoloteando alrededor de ella. Todavía hoy se acuerda de aquello (pero sobretodo, de las risas que nos echamos después; cualquier excusa era buena para no estudiar).
Es una fobia muy corriente, la de los bichitos pequeños, cantidad de gente prefiere enfrentarse a un dragón que a una cucaracha.
Pero sobre todo es que con más años uno se va haciendo concha y ya las cosas no hacen tanto daño. Es probable que ya lo hayan hecho, el daño.
Es una fobia extraña y muy común. No te cuento la experiencia que tuve en mi antigua casa, por no amargarte la mañana. Pero baste decir que me ha quedado un profundo asco por estos bichos, pero, fíjate qué curioso, si veo una cucaracha o escarabajo en el campo no siento asco, allí el intruso soy yo. Pero si ese mismo bicho lo veo en mi casa, me entra de todo.