Desde que empezó el 2008, no he hecho más que encadenar una dolencia tras otra. Primero tuve una gastroenteritis que me duró un mes y me dejó como un cadáver ambulante. Luego me cogí un catarrazo. Poco después tuve el incidente de la pierna sobre el que no voy a decir nada más, ya que me dejó tan traumatizada que le dediqué un post entero. Y ahora vuelvo a estar refriada otra vez. Todo ello sin mencionar las migrañas que me acompañan a menudo desde hace muchos años, provocadas en parte porque tengo escoliosis en la espalda y muchísimas contracturas en la zona cervical. ¿Qué narices me pasa? Odio ser tan debilucha, claro que los que leais esto estaréis pensando que lo que tengo que hacer es comer más. Ojalá pudiera… si me paso comiendo me acaba doliendo el estómago y muchas veces termino entrando en lo que los médicos dicen que es gastroenteritis pero que yo estoy convencida de que es algún problema crónico de mi aparato digestivo.
El otro día hablaba de todo esto con un par de personas que decían no haber ido al médico en años… No os podéis hacer una idea de la envidia que me dieron. A pesar de todo, ninguno de mis problemas es realmente grave. No voy a morirme a consecuencia de ninguna de las dolencias que tengo. Por ello, me considero una persona muy afortunada, especialmente en días como hoy, en los que escuchas historias terribles sobre personas cuyas vidas cambian de la noche a la mañana porque les descubren una enfermedad por la que su vida peligra, y se dan cuenta de que tienen hijos pequeños a los que cuidar, y pareja y padres y hermanos que no pueden evitar el sufrimiento.
Entre el miedo a la muerte y el miedo al dolor, tengo momentos. A veces me asusta más lo primero, aunque últimamente, desde que tengo tan claro que después de la muerte no hay nada, mi miedo es mucho mayor a lo segundo. Con la certeza de que sólo hay una vida que disfrutar, creo que es fundamental relativizar los problemas. El famoso carpe diem. Sólo con poder andar, ver y hablar, ya somos más afortunados que muchas personas que no pueden hacer alguna de estas cosas. Creo que no hay nada peor en este mundo que estar enfermo en una cama, sufriendo de dolor, y pensando que mañana, tal vez, no estarás vivo.
No nos preocupemos por problemas insignificantes. Seamos felices mientras podamos. Y como decían los grandísimos Monty Python, “always look on the bright side of life”.
Esas pequeñas molestias que incordian el día a día se suman y ya no son tan pequeñas. Amargan fácilmente y no dejan ver ni el sol, ni la luna ni nada de nada. Igual, como a los niños mal criados, si intentamos hacerles menos caso nos pedirán menos atención…
La muerte y el dolor, menuda disyuntiva… Pero ya lo dijo el poeta: “Varios tragos es la vida, un solo trago la muerte”