Un niño que se ha hecho mayor y ya no necesita sus juguetes. Un grupo de juguetes viejos que buscan su sitio en el mundo. Éste es el argumento de la tercera parte de Toy Story, una película que recomiendo ver tanto a niños como a adultos (sobre todo a adultos).
Técnicamente perfecta, con un diseño gráfico impresionante, un argumento muy bueno y divertido, unos personajes muy bien caracterizados en su personalidad de juguetes… Y sobre todo, una historia que nos hace recordar el final de nuestra infancia y, especialmente, ese momento en el que dejas los juguetes por otro tipo de entretenimientos. ¿Cuándo fue la última vez que jugué con mis muñecas? ¿Cómo se produce ese momento en el que llegas a casa después del colegio, y ya no te apetece desplegar todos tus juguetes por el suelo, como solías hacer? ¿Por qué debe llegar ese fatídico momento, en el que ya no quieres imaginar historias imposibles, en las que tus muñecos hablan y viven en mundos locos y maravillosos? ¿Qué triste fenómeno se produce en nuestro cerebro para que ya no queramos jugar?
Hace unos días cumplí 31 años. ¡31 años! ¿Cómo ha podido llegar este momento? Muchas veces aún me siento como una niña, como alguien mucho más joven de lo que soy. No sé si esto es bueno o es malo. Sólo sé que, la mayoría de las veces, es incompatible con la vida real adulta. En cualquier caso, ahí va una frase de una canción de A. Calamaro:
“Vivir así no es vivir,
esperando y esperando,
porque vivir es jugar
y yo quiero seguir jugando”
Pues si se duro llegar a los 31, ni te cuento a los 57 que llegaré proximamente. La sensación de irrealidad es irreprimible: ¡¡¡No puedo ser yo esa señora mayor!!!