La memoria es un músculo frágil que, aunque ejercitemos, a veces nos decepciona con el olvido de objetos, nombres y lugares que no habríamos deseado olvidar. Afortunadamente, para contrarrestar los defectos de la memoria, tenemos la fotografía y la posibilidad de dejar escritas nuestras impresiones. Ésta es una de las funciones de los blogs personales que más me gusta. Ahora que ya llevo más de dos años con el blog, me resulta muy agradable pinchar en posts antiguos para recordar mis comentarios sobre otros viajes o experiencias pasadas.
Para no perder las “buenas costumbres”, dejaré aquí escritas para la posteridad mis humildes impresiones sobre un lugar maravilloso llamado Venecia. Este verano he sustituido la playa por la visita a varios lugares de Europa y, aunque la echo un poco de menos, no me arrepiento del cambio.
A Venecia llegamos en un barco que cogimos en el aeropuerto, así que, lo primero que vimos nada más llegar, fue la plaza de San Marco desde el Gran Canal:

Una entrada triunfal, sin duda, aunque lo malo es que, como en Venecia no circulan coches, tuvimos que reponernos enseguida de la emoción del momento porque teníamos que ir hasta el hotel andando y arrastrando las maletas por un sinfín de callejuelas, subiendo y bajando los puentes que cruzan los canales (en los que, obviamente, no hay escaleras mecánicas…). Afortunadamente, el hotel no estaba lejos y no nos perdimos gracias al increíble sentido de la orientación de M. Si de mí hubiera dependido, aún estaríamos dando vueltas por Venecia…
Venecia es una ciudad construida prácticamente sobre el agua, ya que la componen unas 120 islas unidas por unos 400 puentes. Esto la hace única en el mundo y la envuelve de un encanto especial que ha atraído a viajeros, curiosos y artistas de todos los tiempos. Durante mucho tiempo, Venecia fue una ciudad-estado autogobernada por medio de una serie de organismos e instrumentos de gobierno en cuya cúspide estaba el dux o dogo. El dux vivía en el precioso Palazzo Ducale, situado en la plaza de San Marco junto a la Basílica:

El Palazzo Ducale también era la sede del Gobierno y la prisión de Venecia. En sus mazmorras estuvo encerrado Casanova. En palabras del gondolero que nos llevó a M. y a mí, Casanova estuvo en la cárcel porque “todos lo hombres de Venecia tenían cuernos por su culpa, y eso no gustaba nada”.
El paseíto en góndola merece la pena a pesar del riñón que tienes que sacarte para poder pagarlo. Por los pequeños canales sólo pueden pasar las góndolas y pequeñas lanchas particulares. El vaporetto sólo atraviesa el Gran Canal. Por este motivo, sólo si viajas en góndola puedes ver las fachadas de los edificios que dan a los canales, una perspectiva muy diferente a la que se ve cuando vas caminando. Asombrosamente, el trabajo de gondolero es todavía un gremio cerrado, un trabajo heredado de padres a hijos. Son todos venecianos y no puede haber más de 400 góndolas, aproximadamente el mismo número que puentes tiene la ciudad:

Otra de las cosas que más impresiona de Venecia es la cantidad de obras de arte por metro cuadrado que pueden encontrarse. Incluso en las iglesias más apartadas y menos conocidas, es fácil encontrar pinturas de Tiziano, Tintoretto o Bellini. La Gallerie dell’Accademia conserva una de las colecciones más ricas de arte italiano, pero me sorprendió la inadecuada infraestructura del museo de cara a la conservación de los cuadros. En Venecia hace un calor insoportable en verano. Esto fue lo peor del viaje, sin duda. La humedad es altísima, y esto hace que no puedas parar de sudar. Curiosamente, tanto en la Gallerie como en el Palazzo Ducale y otros lugares que visitamos, no tienen una instalación de aire acondicionado adecuada. Simplemente colocan algunos aparatos de refrigeración portátiles y deshumidificadores que, sin duda, no creo que sean suficientes. Para que luego digan que en España somos los más cutres de Europa…
La Gallerie dell’Accademia se encuentra frente al Ponte dell’Accademia, que es uno de los tres únicos puentes que atraviesan el Gran Canal. El más bonito es el Ponte de Rialto, desde el que pueden observarse unas vistas preciosas de los palacios construidos a lo largo del Gran Canal:

Se puede intuir que en los grandes tiempos de Venecia, hubo en esta ciudad una aristocracia que vivió con gran lujo, que residió en los bellos palacios del Gran Canal, y que gustaba de asistir a actos sociales y culturales, como la representación de óperas. De ahí que Venecia cuente con uno de los teatros de ópera más famosos del mundo, el legendario La Fenice. Su nombre es como una fatídica profecía, ya que La Fenice significa “Ave Fénix”, y como el mitológico pájaro, este teatro ya ha sufrido dos incendios (el segundo de ellos provocado) y ha resucitado las dos veces de sus propias cenizas. M. y yo queríamos ir a la ópera, ya que durante nuestra estancia en Venecia representaban La Traviata. Lamentablemente, no teníamos “ropa adecuada” para asistir y la entrada era bastante cara, así que nos conformamos con una cervecita en una de las terrazas de San Marco (la cerveza más cara que he pagado en mi vida), escuchando a los músicos de los míticos cafés de la plaza, como el café Florián o el Lavena:

Casualmente, mientras estábamos en Venecia, tuvo lugar una fiesta conocida como “Il Redentore”. Esta fiesta se remonta al año 1577, año en que terminó una terrible epidemia de peste que había diezmado la población. La fiesta tradicional consistía en acudir en peregrinación a la iglesia de Il Santissimo Redentore, en la isla de Giudecca, en agradecimiento al Cristo Redentor por haber terminado con la epidemia. Hoy en día, digamos que la fiesta “se ha adaptado a los nuevos tiempos”, y junto a la peregrinación, por la noche se realiza un macrobotellón en el Gran Canal, donde los venecianos llevan sus barcos y se pasan toda la noche bailando y bebiendo. Los pobres turistas no hacíamos más que mirar con ojos de envidia sana a los cientos de barcos que flotaban sobre el Gran Canal, frente a la plaza de San Marco. Nunca habíamos visto un botellón de esas dimensiones sobre el agua:

Quizás algún día pueda volver a Venecia. Si lo hago, me encantaría asistir al Carnaval. Tiene que ser de una belleza terrorífica. La ciudad está plagada de puestecillos y tiendas donde el souvenir estrella son las típicas máscaras venecianas:

¡Qué bonito! Gracias por el paseo y por los textos, y por las fotos, estupendas como siempre. Por testimonios de viajeros recientes a Italia (yo no he ido nunca, para mi vergüenza), es un país que está en un estado de cutrez como España hace 40 años.
En Venecia pase unos días en el viaje de Paso del Ecuador de Filología Románica allá por el año 73, creo. Además de disfrutar de la ciudad, disfrutábamos de una doble libertad, la de nuestros padres y la de Europa, que para nosotros era entonces un sueño lejano. Vimos películas prohibidas aquí, hicimos fiestas divertidísimas e incluso estuvimos en el estudio de un escultor.
Solo nos molestaba un poco el turismo de salvaje, la gran cantidad de parejas de recién casados por metro cuadrado. Eramos un poco iconoclastas y concienciados y ese tipo de turismo nos fastidiaba.
En fin, eran otros tiempos y hasta creo que éramos otras personas, pero Venecia ya era una de las ciudades más poéticas y hermosas del mundo. Gracias por enseñármela, y por despertar estos viejos recuerdos